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jueves, 10 de enero de 2013

El cine del fin del mundo > “Al final de los sentidos” (Perfect Sense)

PERCIBIENDO EL MUNDO A TRAVÉS DE LOS SENTIDOS
 


Usualmente las cintas post-apocalípticas traen consigo una considerable carga de desolación a sus protagonistas y a la humanidad que lo habita, convirtiendo todo en un caos donde el hombre saca a relucir sus más primitivos instintos. La ley del más fuerte es la que impera en dramas de este corte como “El tiempo del lobo” (Le temps du loup) o ”El último camino” (The Road). Y están aquellas que generan altas dosis de entretenimiento como la saga de “Mad Max”.

Existen también ese otro tipo de películas sobre enfermedades o epidemias que surgen sin la menor explicación las cuales suelen enfocarse en los científicos que buscan la cura como sucede en “Epidemia” (Outbreak), en la gente común que es víctima de la extraña enfermedad como sucede en “Ceguera” (Blindness) o una sana mezcla de ambas como ocurre en la reciente “Contagio” (Contagion).

Normalmente en este tipo de cintas también es el caos el que impera, con la atenuante de que siempre habrá algún científico honesto que busque infructuosamente la cura para la pandemia. En ese aspecto “El final de los sentidos” (Perfect Sense) está consciente de que está jugando con una historia que se desarrolla en ambos territorios: una sociedad que se transforma en post-apocalíptica debido a una misteriosa enfermedad. Y sin embargo, su mayor mérito radica en que apuesta por una narración poco convencional dentro del género, por lo que estamos ante una historia sumamente interesante.

Más cercana en espíritu a “La Peste” de Camus que a “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago, en “El final de los sentidos” la humanidad no se desmorona de la manera conocida en las múltiples películas del género, sino que permanece estoica aguantando de la forma más civilizada posible todas las desgracias que le acontecen. Ese espíritu de civilidad es lo que marca la diferencia, pues todos se esfuerzan por continuar con sus vidas de la manera más normal que es posible frente a una extraña epidemia que va privando de sus sentidos a toda la humanidad (gusto, tacto, vista, oído, olfato).

Pero no sólo es el espíritu de la novela de Camus el que guía la narración, sino también el enfoque de los personajes. En efecto, existe el típico científico encargado de buscar una explicación al fenómeno, encarnado por la bellísima Eva Green como una epidemióloga que es una de las primeras en enterarse de la enfermedad, pero a la narración le importa un carajo enfocarse en su trabajo científico. El interés de la película está en retratar como la gente común está lidiando con el problema y es aquí que la científica es usada sólo para enterarnos que nadie sabe como detener el fenómeno, por lo que la protagonista es tratada como una persona más.

Por lo mismo, “El final de los sentidos” no tiene necesidad de ser tan ambiciosa y se enfoca primordialmente en dos personajes. La ya mencionada Eva Green y el trabajador Ewan McGregor, quien interpreta al chef de un modesto restaurante el cual no puede dormir acompañado, por lo que corre muy amablemente de su departamento a las chicas que invita luego del acostón de rigor porque hacerlo antes pues como que no tendría chiste. Este patán y esta bella mujer se conocen en una muy agradable e ingeniosa secuencia donde el chef le pide un cigarrillo a la susodicha, él a mitad del callejón y ella en la comodidad de su casa. Dos sólidos actores que interpretan personajes que interponen una barrera emocional, cada uno por razones distintas.

Desde luego que habrá romance, pero ahí está el otro toque que hace distinto a “El final de los sentidos”: es un drama apocalíptico con un enfoque romántico y civilizado, lo cual no quiere decir que no haya conflictos, sino que la manera de enfrentarlos deambula por caminos poco transitados en el género. Aunque eso también puede resultar frustante, pues en su anticonvencionalidad no tenemos una cinta post-apocalíptica con los usuales factores de entretenimiento (¿alguien dijo zombies?), sino un drama romántico demasiado bizarro con un narrrador que añade algunos ridículos momentos poéticos a lo que acontece y algunas buenas reflexiones sobre la condición humana.

Si algo le impide ser una gran película es que el director no sabe muy bien como manejar una gran historia, pues no hay una manipulación adecuada para que cada que acontece algo importante esto resulte lo impactante que debiera y pudiera ser. Si a eso le añadimos que el guión no maneja de manera firme la interesante premisa tenemos una cinta conceptualmente interesante pero que pierde momento en situaciones importantes. Con todo tiene un excelente final y algunos juegos ingeniosos para que el espectador se sienta en este mundo sin sentido o más bien, sin sentidos.

Ciertamente muy lejos de obras que son referente dentro del género como “Niños del hombre” (Children of men) a “El final de los sentidos” le hace falta visión, un mejor tacto y algo de condimento para que tuviera sabor. Pero usted haga oídos sordos a este comentario, en definitiva no huele nada mal.

This movie is a great hit.

domingo, 6 de enero de 2013

El cine del fin del mundo > “Cumbres Borrascosas” (Wuthering Heights)

 EL PRIMER AMOR SIEMPRE ES UN ACTO VIOLENTO

Recuerdo cuando era niño haber disfrutado la lectura de bastantes novelas de época. Aquellas que tenían una perspectiva más femenina me hacían sentir que conversaba con una bella mujer quien me solía contar una historia de amor imposible, como si gozara de dicha imposibilidad. Era como si lo valioso del romance fuera que tuviera que superar toda adversidad.


Cumbres Borrascosas, sin duda una de las obras cumbres del género, goza de una complejidad mayor de la media. Dicha complejidad no está sólo en el número de personajes o situaciones, sino en la inteligente estructura y en lo poderoso que resultan las emociones/sentimientos de los protagonistas y en el sentido que le da su autora Emily Bronte a cada palabra del texto para transmitir dichas emociones al lector. Todos estos elementos hacen pensar que la historia es una mezcla hecha en el cielo cuando la combinamos con la directora Andrea Arnold, autora de la extraordinaria “Fish Tank”, pues uno percibe que enfocará su relato nuevamente en las pulsaciones de sus protagonistas y que mejor que hacerlo con una de las obras literarias más dulcemente rabiosas.

En ese aspecto Arnold tiene nuevamente un éxito contundente. Su adaptación cinematográfica de la novela de Emily Bronte le quita cualquier sentimentalismo del que pudiera gozar la obra original y se enfoca en lo más valioso del relato, ese asfixiante sentimiento que provoca el amor que no puede ser. Sus protagonistas, nuevamente atrapados en una pecera, siguen siendo adolescentes llenos de energía contenida que explota en violentas manifestaciones de amor. Es por eso que el momento más romántico que encontramos será el dulce jalón de cabello que le propina Kathy Earnshaw al silencioso Heathcliff mientras ambos se miran como invocando al deseo.  Queda claro desde la secuencia inicial que la intención es golpear al espectador con un cruel relato de amor.

La historia transcurre en una granja donde un joven de raza negra es adoptado por un bondadoso pero estricto señor Earnshaw. El joven es aceptado de inmediato por la hija menor, la pequeña Kathy (Shannon Beer en versión joven y Kaya Scodelario en versión adulta) , quien lo trata igual que a un hermano, pero no asi por el hijo mayor Hindley (Lee Shaw), para el cual el joven de color no es más que un gitano embustero que merece ser tratado como sirviente. El joven es bautizado como Heathcliff (Solomon Glave versión joven y James Howson versión adulta) y de inmediato surge la atracción entre  él y Kathy, pero como buen drama de época obliga, cuando el padre de Kathy muere, Heathcliff será degradado de hermano a mero esclavo trabajador de granja por el envidioso de su hermano postizo, lo cual provocará que Kathy y él comienzen a distanciarse.

A partir de ese conflicto básico (¿clásico?) es que se teje toda la historia. Si algo caracteriza a Arnold aquí es como enfatiza los pequeños gestos de los personajes con gran astucia. Ese tirón de cabello que implica un te amo, ese olor de cabello que nos muestra el inicio del amor, esa caricia a un caballo que en realidad es una lujuriosa caricia a la mujer amada, esa mirada que nos avisa que alguien sigue enamorado. El talento de los actores queda de manifiesto a través de dichos gestos: el joven Solomon Glave que destila una mirada llena de rencor, la joven Shannon Beer quien seduce con una agresiva mirada, la belleza fragilidad que muestra el rostro de Kaya Scodelario y en menor medida el orgulloso desencanto del rostro de James Howson. En estas cumbres borrascosas la inexpresividad de los personajes secundarios contrastan con las de los protagonistas, exceptuando al agresivamente racista Lee Shaw.

La cámara de una cinta que es técnicamente similar a “Fish Tank” intercambia los suburbios ingleses por un desoladamente bello paisaje rural mucho más malickiano que bronteano, aunque algo hay de ambos. El paisaje es lo que le cambia y da la atmósfera, pero no todo es miel sobre hojuelas, hay dos motivos por los cuales reclamarle a Arnold.  El primero es que a diferencia de Brontë, no logra inducir esas emociones al espectador, pues los personajes gozan de un sufrimiento que se siente lejano a la audiencia.  Si el relato se enfoca en las pulsaciones y los actores están expresando esas emociones con gran talento, es culpa de Arnold que los momentos climáticos no alcanzen esa sensación punzante que alcanzaban los tres momentos climáticos de la susodicha “Fish Tank”. “Cumbres Borrascosas” es punzante si, pero no en la medida de sus posibilidades.

El segundo reclamo es en una de  las dos elipsis donde avanzamos en el tiempo. Este tipo de elipsis narativa por fuerza rompe el relato pues los personajes ya no son los mismos, pero la clave está en que no se pierda el ritmo de tal manera que el espectador logre llenar los huecos y lo más importante, aceptar el cambio súbito de personalidad. La primera vez, vemos a los personajes años después y Arnold sale más o menos bien librada gracias a la expresividad de Kaya Scodelario. La segunda vez donde sólo pasan unos cuantos meses, Arnold sale muy mal librada, pues aunque entendemos por qué los personajes ya no son los mismos, este cambio súbito pareciera que altera parte de su esencia cortándole todo el ritmo a los momentos que nos debieran llevar al clímax de la cinta.

Son dos fallas graves que le restan impacto a una cinta llena de cualidades. Si vas a contar “Romeo y Julieta” por enésima vez, la narración lo es todo, la que le da una nueva e interesante voz a la historia. Cuando uno ve  “Romeo y Julieta” por primera vez, es la novedad y la poderosa historia lo que engancha.  Si te la van a contar de nuevo, es la forma en que se cuenta la que adquiere un mayor significado.  Lo mismo aplica para “Cumbres Borrascosas”, por lo que no se puede tener este tipo de fallas si quieres sorprender a alguien que sabe de que va el asunto. Aunque usted me dirá que eso no es culpa de Arnold y quizá  tenga usted razón, después de todo, los clásicos literarios siempre serán valiosos para aquel que los descubra por primera vez.

This movie is a hit

viernes, 6 de enero de 2012

El cine del fin del mundo > Siempre el mismo día (One Day)

The Unbearable Lightness of Friendship 

 En "Siempre el mismo día" (One Day), Lone Scherfig, directora de la aclamada "Enseñanza de vida" (An education), propone algo sumamente arriesgado: un melodrama que pone al espectador siempre por encima de los personajes y que no teme ser punzante a pesar de que pudiera resultar engañosamente complaciente.

Su guionista David Nicholls, quien adapta su propia novela, nos propone algo mas o menos similar a la también lograda "El último día que vi a mi padre" (When Did You Last See Your Father?): un melodrama donde los sentimientos pueden palparse aunque sus personajes no sepan como exteriorizarlos.

En "Enseñanza de vida", había un melodrama de crecimiento que funcionaba por su cuidado diseño de cinta de época (ubicada en los 60´s) y un gran reparto. Era un melodrama diseñado para ganar premios y permitir el lucimiento de todos sus actores. En esencia la trama trataba de una chica "inteligente" que se enamoraba del sujeto equivocado, pero que no se daba cuenta de ello debido al impacto que produce en una chica conocer a un hombre de mundo. Era una cuidada propuesta que sin embargo pecaba de convencional, pero agradabla al espectador porque sus personajes resultaban encantadores y carismáticos, sobretodo por las logradas actuaciones, especialmente de su protagonista, la oscareable Carey Mulligan y el simpático Alfred Molina como un "exigente" padre de ideas retrógradas.

En "Siempre el mismo día", estamos viendo básicamente la misma historia, una chica "inteligente" que se enamora del chico equivocado: un tipo egoísta, mujeriego y que no puede estar sobrio. Pero la protagonista no puede evitar lo que siente, pues el tipo en cuestión es el chico del que se enamoró en la universidad y el que se convertiría en su mejor amigo. A pesar de las similitudes, "Enseñanza de vida" y "Siempre el mismo día" tienen enfoques completamente diferentes, pues aquí Lone Scherfig no luce ni remotamente interesada en ganar premios y complacer a la crítica o al público, sino en contar un melodrama agridulce que explora parte de esa amistad a través de los años de manera punzante, sin temer incomodar o irritar al espectador ante las decisiones erróneas de los personajes.

El hecho de que sepamos lo que sucede a nivel emocional  en los protagonistas y que sus decisiones son equivocadas nos pone siempre por encima de los personajes y cualquier película que haga eso siempre toma el riesgo de resultar molesta. No es una deficiencia en sí, pero si una decisión que la directora logra sortear con gracia, pues su buen entendimiento de los sentimientos femeninos llevan la historia de forma que le creemos a la protagonista que no puede evitar estar enamorada de ese chico que sabemos que no le conviene:  el amor como un acto que no se decide voluntariamente.

A partir de una estructura sumamente interesante, vemos sólo fragmentos de esa relación. Comenzamos en un 15 de julio de 2006 para luego dar vuelta en reversa y llegar al 15 de julio de 1988, fecha en que los protagonistas se conocen al graduarse de la universidad y deciden pasar la noche juntos. Ante la torpeza del encuentro, deciden convertirse en amigos. A partir de aquí veremos la evolución de la relación pasando al 15 de julio de los siguientes años. No vemos más allá, vemos sólo lo que ocurre el 15 de julio de cada año entre este par hasta llegar a la fecha prometida: 15 de julio de 2006. 

Aquí hay otro riesgo que aplaudirle a la directora, pues ya sea que sea confianza extrema en el espectador o que simplemente no le importe mucho lo que uno piense, cuenta su historia de tal manera que no tenemos más contexto que lo que ocurre en esos días y uno tiene que imaginar lo que va ocurriendo entre estos dos en medio de estos años para tratar de entender que estamos viendo los momentos malos en este día en particular y que son los momentos que no vemos los que hacen que la relación se mantenga a pesar de la turbulencia.

No es un vehículo de lucimiento para los actores como la anterior cinta de Scherfig, pues aquí ella controla a Anne Hathaway y Jim Sturgess de tal manera que nos caen más mal que bien, pero todo ello en beneficio de la historia. Cierto, hay ciertos matices que los actores pudieron mejorar, como Anne Hathaway quien comienza con un adictivo acento británico y lo va perdiendo conforme su personaje envejece. Hathaway sin embargo lo hace bien cuando su personaje refleja esa tímida inseguridad que disfraza con un sarcástico humor. Jim Sturgess está bastante bien controlado como un patán exitoso que se va perdiendo dentro de su propia fama como conductor de un programa musical. La siempre confiable Patricia Clarkson, esa si simplemente aprovecha su encanto y un sutil Rafe Spall no desmerece como un resignado comediante incapaz de hacer reír, al que no lequeda más remedio que ser el premio de consolación de la protagonista.

El diseño de época también es poco cuidadoso pero particularmente eficiente, nuevamente como para recalcar que no hay interés en ganar premios. La década de los noventas es retratada con la simpleza de colocar un programa musical británico y algunas canciones que nos brindan el espíritu de cada año, como cuando suena "The Rhythm of the Night" de Corona y sabemos en que año estamos sin complicaciones. Lo mismo ocurre con los actores quienes cambian de edad con simples cortes de cabello que resaltan ciertas características de sus rostros.

Y la banda sonora se toma como un vals no asumido al que se le quita su acompañamiento de tres cuartos, como para reflejar el amor que no asumen los personajes a través de los años. La buena mano de la directora hace que anticipemos lo que sucederá en los momentos adecuados para poder crear impacto cuando esto sucede. No es que la historia se vuelva predecible, sino que ella lo hace predecible en el momento justo.  Y los momentos de humor siempre tienen cierta acidez, ensañándose con algún personaje.

Siempre asumiéndose como una historia agridulce que no pierde el sentido romántico, pero que es cruel con todos sus personajes, "Siempre el mismo día" es un melodrama en comunión con el más logrado drama "Triste San Valentín" (Blue Valentine), pues vemos fragmentos que van deconstruyendo una relación que no puede terminar bien, ¿o sí?.

Y si bien hay años mejores que otros, días más interesantes y 15 de julios donde no pasa absolutamente nada importante que hasta olvidamos recordar, como en la vida misma, "Siempre el mismo día" alcanza las notas correctas, pues dentro de esa crueldad muestra un honesto optimismo que puede entenderse como complaciente, pero ante la crueldad de la vida y de las relaciones con las personas que amamos, a veces sin saber porqué, el optimismo no puede ser complaciente, más bien es la única alternativa.

This movie is a hit