domingo, 13 de enero de 2013

El cine del fin del mundo > La mitad de Óscar

SECRETOS DE FAMILIA

“La mitad de Óscar” pertenece al grupo de películas minimalistas donde la trama podría resumirse en una sola oración.  En ese sentido sus 82 minutos de duración podrían parecer en principio excesivos, sin embargo esa languidez con que se cuenta todo luce bien justificada cuando el interés no está tanto en lo que sucede, sino en crear una atmósfera que contribuya a entender los sentimientos de sus dos protagonistas.
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Óscar trabaja en lo que luce como una fábrica de sal a orillas del mar. Ahí sigue su monótona rutina donde un amigo lo acompaña a comer y al salir va a visitar a su abuelo al asilo. La rutina se rompe cuando el abuelo enfema y su hermana María va de visita cuando se entera de que el abuelo anda mal.  A partir de aquí nos dedicamos a contemplar a María y a Óscar.
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Resulta obvio que ambos esconden algún secreto del pasado, pues María no luce muy interesada en pasar tiempo con su hemano y Óscar tampoco sabe como acercarse después de tantos años sin verla.  Vemos que ambos quieren hablar pero ninguno se atreve, María espera que sea Óscar quien tome la iniciativa y Óscar no sabe como.
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Eventualmente nos enteraremos hacia el final de qué fue lo que sucedió entre estos dos hermanos y porque decidieron alejarse. Nunca sabremos con detalle cómo fue lo que sucedió, pero no importa mucho, el interés de la película está en sugerir. Por ende, en el tramo final hay muchas cosas que no  vemos en pantalla, pero que quedan implícitas por lo que si hemos visto.
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El cabizbajo Rodrigo Sáenz de Heredia como Óscar y la distantemente amistosa Verónica Echegui como María hacen un buen trabajo consiguiendo transmitir las emociones de sus personajes con los pequeños gestos que consiguen sus rostros y sus pocas palabras.  Antonio de la Torre por su parte encarna a la perfección a un jocosamente irritante taxista impertinente que no teme andar contando sus intimidades frente al parco Óscar.
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Contada a través de varios largos planos fijos, algunos bastante bellos por la manera en que aparecen los personajes frente al encuadre donde al fondo se ve con constancia la inmensidad del mar, “La mitad de Óscar” resulta un loable esfuerzo de contemplación que no ofrece mucho en cuanto a historia, pero que está lejos de ser un irritante ejercicio contemplativo. En todo caso,  es uno bien justificado.

This movie is a tiny hit.

jueves, 10 de enero de 2013

El cine del fin del mundo > “Al final de los sentidos” (Perfect Sense)

PERCIBIENDO EL MUNDO A TRAVÉS DE LOS SENTIDOS
 


Usualmente las cintas post-apocalípticas traen consigo una considerable carga de desolación a sus protagonistas y a la humanidad que lo habita, convirtiendo todo en un caos donde el hombre saca a relucir sus más primitivos instintos. La ley del más fuerte es la que impera en dramas de este corte como “El tiempo del lobo” (Le temps du loup) o ”El último camino” (The Road). Y están aquellas que generan altas dosis de entretenimiento como la saga de “Mad Max”.

Existen también ese otro tipo de películas sobre enfermedades o epidemias que surgen sin la menor explicación las cuales suelen enfocarse en los científicos que buscan la cura como sucede en “Epidemia” (Outbreak), en la gente común que es víctima de la extraña enfermedad como sucede en “Ceguera” (Blindness) o una sana mezcla de ambas como ocurre en la reciente “Contagio” (Contagion).

Normalmente en este tipo de cintas también es el caos el que impera, con la atenuante de que siempre habrá algún científico honesto que busque infructuosamente la cura para la pandemia. En ese aspecto “El final de los sentidos” (Perfect Sense) está consciente de que está jugando con una historia que se desarrolla en ambos territorios: una sociedad que se transforma en post-apocalíptica debido a una misteriosa enfermedad. Y sin embargo, su mayor mérito radica en que apuesta por una narración poco convencional dentro del género, por lo que estamos ante una historia sumamente interesante.

Más cercana en espíritu a “La Peste” de Camus que a “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago, en “El final de los sentidos” la humanidad no se desmorona de la manera conocida en las múltiples películas del género, sino que permanece estoica aguantando de la forma más civilizada posible todas las desgracias que le acontecen. Ese espíritu de civilidad es lo que marca la diferencia, pues todos se esfuerzan por continuar con sus vidas de la manera más normal que es posible frente a una extraña epidemia que va privando de sus sentidos a toda la humanidad (gusto, tacto, vista, oído, olfato).

Pero no sólo es el espíritu de la novela de Camus el que guía la narración, sino también el enfoque de los personajes. En efecto, existe el típico científico encargado de buscar una explicación al fenómeno, encarnado por la bellísima Eva Green como una epidemióloga que es una de las primeras en enterarse de la enfermedad, pero a la narración le importa un carajo enfocarse en su trabajo científico. El interés de la película está en retratar como la gente común está lidiando con el problema y es aquí que la científica es usada sólo para enterarnos que nadie sabe como detener el fenómeno, por lo que la protagonista es tratada como una persona más.

Por lo mismo, “El final de los sentidos” no tiene necesidad de ser tan ambiciosa y se enfoca primordialmente en dos personajes. La ya mencionada Eva Green y el trabajador Ewan McGregor, quien interpreta al chef de un modesto restaurante el cual no puede dormir acompañado, por lo que corre muy amablemente de su departamento a las chicas que invita luego del acostón de rigor porque hacerlo antes pues como que no tendría chiste. Este patán y esta bella mujer se conocen en una muy agradable e ingeniosa secuencia donde el chef le pide un cigarrillo a la susodicha, él a mitad del callejón y ella en la comodidad de su casa. Dos sólidos actores que interpretan personajes que interponen una barrera emocional, cada uno por razones distintas.

Desde luego que habrá romance, pero ahí está el otro toque que hace distinto a “El final de los sentidos”: es un drama apocalíptico con un enfoque romántico y civilizado, lo cual no quiere decir que no haya conflictos, sino que la manera de enfrentarlos deambula por caminos poco transitados en el género. Aunque eso también puede resultar frustante, pues en su anticonvencionalidad no tenemos una cinta post-apocalíptica con los usuales factores de entretenimiento (¿alguien dijo zombies?), sino un drama romántico demasiado bizarro con un narrrador que añade algunos ridículos momentos poéticos a lo que acontece y algunas buenas reflexiones sobre la condición humana.

Si algo le impide ser una gran película es que el director no sabe muy bien como manejar una gran historia, pues no hay una manipulación adecuada para que cada que acontece algo importante esto resulte lo impactante que debiera y pudiera ser. Si a eso le añadimos que el guión no maneja de manera firme la interesante premisa tenemos una cinta conceptualmente interesante pero que pierde momento en situaciones importantes. Con todo tiene un excelente final y algunos juegos ingeniosos para que el espectador se sienta en este mundo sin sentido o más bien, sin sentidos.

Ciertamente muy lejos de obras que son referente dentro del género como “Niños del hombre” (Children of men) a “El final de los sentidos” le hace falta visión, un mejor tacto y algo de condimento para que tuviera sabor. Pero usted haga oídos sordos a este comentario, en definitiva no huele nada mal.

This movie is a great hit.

martes, 8 de enero de 2013

El cine del fin del mundo > De jueves a domingo

LA SENDA DE LA MEMORIA
Hay películas que evocan recuerdos, que son aquellas en donde no nos llevamos a casa la historia que observamos, sino el sentimiento de revivir nuestras propias experiencias cuando nos tocó vivir lo que le sucede a los personajes. Y ciertamente no es complicado reflejarse en el relato que ofrece “De jueves a domingo”, pues la gran mayoría ha ido de viaje con su familia en automóvil cuando era niño.
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Esa luce ser la intención de la cineasta chilena Dominga Sotomayor. Revivir , sin tener que ser necesariamente autobiográfica, esos  sentimientos que teníamos cuando nuestros padres nos llevaban en un largo viaje por el automóvil a algún lugar.
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Uno siempe se pregunta hacia donde van estos personajes, pero como sabemos que sucede en casi toda road movie, el destino es lo que menos importa, por lo que  nosotros somos como los niños a los cuales sus padres nunca les dicen hacia donde vamos, pero que nos piden que disfrutemos el trayecto o ya de menos, que no les hagamos berrinche.
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En ese aspecto son los pequeños momentos los que resultan lo mejor de la película, como cuando el auto se detiene en una gasolinera en medio de la carretera y la niña juega con su cabello ante la secadora eléctrica de manos de un baño público.  O cuando nuestros padres nos cuentan una historia que nos deja con la cara de incertidumbre, pero que inevitablemente la terminaremos recordando toda la vida aunque en ese momento pareciera que nos resultara indiferente.
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En todo viaje, siempre hay conflicto.  Como la cinta se narra a través de la visión de los niños para que como niños recordemos, nunca queda muy claro cual es el conflicto de los padres, pero sabemos que hay algo que no esta del todo bien. Tampoco importa que tan grave o que no tan grave es, lo que importa es la sensación y el como reaccionamos ante lo que no nos cuentan.
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Uno suele encontrar personajes en esos viajes de familia con los que en otras circunstancias podrían convertirse en grandes amigos, pero que terminan siendo personas que nunca volveremos a ver. Los recordamos ya sea porque hablan un francés atropellado o porque compartimos una dulce conversación sobre la libertad de las aves.
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El desértico norte chileno es el bello paisaje de esta road movie que si bien se limita a encerrarnos en un auto y a ocultarnos las cosas problemáticas como lo harían nuestros padres, acierta notablemente en transmitirnos esa  sensación de ser niños.
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Yo mientras tanto me seguiré preguntando que habrá pasado con ese niño que hablaba Spanglish que conocí en mi infancia en un viaje de vacaciones parecido al de la cinta y al que le daban coquillas en vez de coquillas, uno de esos memorables personajes al  cual nunca volví a ver. A él dedicamos este escrito y agradezco a Dominga Sotomayor por recordármelo.

This movie is tiny hit.

lunes, 7 de enero de 2013

El cine del fin del mundo > Vikingland

EN TIERRA DE VIKINGOS
¿Cualquiera que se tome a si mismo y cuanto lo rodea con una cámara casera puede hacer cine?.  Es  la pregunta que surge al observar “Vikingland” del director español Xurxo Chirro pero filmada por el marinero Luis Lomba, donde seguimos sus ires y venires dentro de un barco. A diferencia de otras cintas hechas con supuesto “material encontrado”, aquí tenemos un auténtico trabajo del tipo pero no espere usted ver trolls, monstruos, extraterrestres o brujas que persigan a los protagonistas. Simplemente vemos a un marinero filmando con una cámara casera.
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En ese aspecto, la historia recuerda a la contemplativa “Liverpool” de Lisandro Alonso, sobre un marinero que llega a una sórdida región al cual nos limitamos a seguir. En ese sentido, un servidor también considero a “Liverpool” como la peor película de su respectivo año pues para mi el único reto fue que el sueño no me venciera. No me ocurrió exactamente lo mismo con “Vikingland” cuyo reto fue llegar hasta el final, pero no me provocó somnolencia y aún así, terminé extrañando el intento de historia de “Liverpool”, lo cual no puede ser nada bueno.

El trabajo del director se limita a manipular el material en la sala de edición dividiendo la “historia” en pequeños capítulos. Es lo que haría cualquier documentalista que filma con la limitante de hacerlo sólo con material ya existente, pero sin cabezas parlantes que nos guien a través de las imágenes de archivo, a no ser las cabezas parlantes de los que están siendo filmados. En su mayoría la edición va siguiendo un orden más o menos cronológico, pues vamos de octubre de 1993 a marzo de 1994. La cámara casera nos indica en todo momento la fecha y la hora en lo que ocurrió lo que vemos, asi que sabemos con certeza cada vez que damos saltos en el tiempo.

Los mejores momentos de “Vikingland” se encuentran cuando el marinero juega a hacer cine, consciente de que le está contando algo a ese misterioso objeto llamado cámara. Cuando nos cuenta que no está haciendo una porno, que sólo quiere bañarse. Cuando ensaya melodías junto a uno de sus compinches y este le pide que apague la cámara para ensayar, cual actor suplicándole al director y hasta sugiriéndole que la escena necesita de un villancico. O cuando parece resistirse a no tocar la guitarra de aire mientras escucha “Entre dos Tierras” de los Héroes del Silencio y a “Barracuda” de "Heart”.

Fuera de ese episodio todo lo demás son simples observaciones dentro del barco, del cual nos enteramos ya algo avanzado el filme, que no se trata mas que de un ferry. Funciona para documentar como era la vida cotidiana del marinero, aunque no sea particularmente informativo pues se limita a retratar, asumiéndose como una especie de antítesis de Moby Dick, ajáb.

Con todas esas limitantes, es de esperarse que no suceda nada demasido interesante a no ser cuando el protagonista manipula las cosas para salir del tedio. Vemos a los carros entrar y salir del ferry, a los trabajadores del barco en la cocina, una tranquila cena de Navidad, meter cajas al almacén, bellas imágenes del mar congelado en el que el ferry avanza incesantemente, dando el efecto como si la tierra fuera la que se mueve y el ferry permaneciera inmóvil.

Respondiendo a la pregunta inicial, si, cualquiera puede hacer cine con una camarita y mucho talento. Lo malo es que Luis Lomba no pretendía hacer cine, por lo que el loable esfuerzo de Xurxo Chirro de editar el material filmado luce inútil ante el tedio de la vida cotidiana surgido del paisaje de los bellos mares congelados.

This movie is a mess.