martes, 8 de enero de 2013

El cine del fin del mundo > De jueves a domingo

LA SENDA DE LA MEMORIA
Hay películas que evocan recuerdos, que son aquellas en donde no nos llevamos a casa la historia que observamos, sino el sentimiento de revivir nuestras propias experiencias cuando nos tocó vivir lo que le sucede a los personajes. Y ciertamente no es complicado reflejarse en el relato que ofrece “De jueves a domingo”, pues la gran mayoría ha ido de viaje con su familia en automóvil cuando era niño.
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Esa luce ser la intención de la cineasta chilena Dominga Sotomayor. Revivir , sin tener que ser necesariamente autobiográfica, esos  sentimientos que teníamos cuando nuestros padres nos llevaban en un largo viaje por el automóvil a algún lugar.
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Uno siempe se pregunta hacia donde van estos personajes, pero como sabemos que sucede en casi toda road movie, el destino es lo que menos importa, por lo que  nosotros somos como los niños a los cuales sus padres nunca les dicen hacia donde vamos, pero que nos piden que disfrutemos el trayecto o ya de menos, que no les hagamos berrinche.
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En ese aspecto son los pequeños momentos los que resultan lo mejor de la película, como cuando el auto se detiene en una gasolinera en medio de la carretera y la niña juega con su cabello ante la secadora eléctrica de manos de un baño público.  O cuando nuestros padres nos cuentan una historia que nos deja con la cara de incertidumbre, pero que inevitablemente la terminaremos recordando toda la vida aunque en ese momento pareciera que nos resultara indiferente.
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En todo viaje, siempre hay conflicto.  Como la cinta se narra a través de la visión de los niños para que como niños recordemos, nunca queda muy claro cual es el conflicto de los padres, pero sabemos que hay algo que no esta del todo bien. Tampoco importa que tan grave o que no tan grave es, lo que importa es la sensación y el como reaccionamos ante lo que no nos cuentan.
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Uno suele encontrar personajes en esos viajes de familia con los que en otras circunstancias podrían convertirse en grandes amigos, pero que terminan siendo personas que nunca volveremos a ver. Los recordamos ya sea porque hablan un francés atropellado o porque compartimos una dulce conversación sobre la libertad de las aves.
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El desértico norte chileno es el bello paisaje de esta road movie que si bien se limita a encerrarnos en un auto y a ocultarnos las cosas problemáticas como lo harían nuestros padres, acierta notablemente en transmitirnos esa  sensación de ser niños.
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Yo mientras tanto me seguiré preguntando que habrá pasado con ese niño que hablaba Spanglish que conocí en mi infancia en un viaje de vacaciones parecido al de la cinta y al que le daban coquillas en vez de coquillas, uno de esos memorables personajes al  cual nunca volví a ver. A él dedicamos este escrito y agradezco a Dominga Sotomayor por recordármelo.

This movie is tiny hit.

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