LA SENDA DE LA MEMORIA
Hay películas que evocan recuerdos, que son
aquellas en donde no nos llevamos a casa la historia que observamos,
sino el sentimiento de revivir nuestras propias experiencias cuando nos
tocó vivir lo que le sucede a los personajes. Y ciertamente no es
complicado reflejarse en el relato que ofrece “De jueves a domingo”,
pues la gran mayoría ha ido de viaje con su familia en automóvil cuando
era niño.
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Esa luce ser la intención de la cineasta
chilena Dominga Sotomayor. Revivir , sin tener que ser necesariamente
autobiográfica, esos sentimientos que teníamos cuando nuestros padres
nos llevaban en un largo viaje por el automóvil a algún lugar.
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Uno siempe se pregunta hacia donde van estos
personajes, pero como sabemos que sucede en casi toda road movie, el
destino es lo que menos importa, por lo que nosotros somos como los
niños a los cuales sus padres nunca les dicen hacia donde vamos, pero
que nos piden que disfrutemos el trayecto o ya de menos, que no les
hagamos berrinche.
.
En ese aspecto son los pequeños momentos los
que resultan lo mejor de la película, como cuando el auto se detiene en
una gasolinera en medio de la carretera y la niña juega con su cabello
ante la secadora eléctrica de manos de un baño público. O cuando
nuestros padres nos cuentan una historia que nos deja con la cara de
incertidumbre, pero que inevitablemente la terminaremos recordando toda
la vida aunque en ese momento pareciera que nos resultara indiferente.
.
En todo viaje, siempre hay conflicto. Como
la cinta se narra a través de la visión de los niños para que como niños
recordemos, nunca queda muy claro cual es el conflicto de los padres,
pero sabemos que hay algo que no esta del todo bien. Tampoco importa que
tan grave o que no tan grave es, lo que importa es la sensación y el
como reaccionamos ante lo que no nos cuentan.
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Uno suele encontrar personajes en esos
viajes de familia con los que en otras circunstancias podrían
convertirse en grandes amigos, pero que terminan siendo personas que
nunca volveremos a ver. Los recordamos ya sea porque hablan un francés
atropellado o porque compartimos una dulce conversación sobre la
libertad de las aves.
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El desértico norte chileno es el bello
paisaje de esta road movie que si bien se limita a encerrarnos en un
auto y a ocultarnos las cosas problemáticas como lo harían nuestros padres, acierta
notablemente en transmitirnos esa sensación de ser niños.
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Yo mientras tanto me seguiré preguntando que
habrá pasado con ese niño que hablaba Spanglish que conocí en mi infancia en un viaje de vacaciones parecido al de la cinta y al que le daban
coquillas en vez de coquillas, uno de esos memorables personajes al cual nunca volví a ver. A él dedicamos
este escrito y agradezco a Dominga Sotomayor por recordármelo.
This movie is tiny hit.
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