jueves, 24 de enero de 2013

El cine del fin del mundo > No es una película (In film nist)

EMANCIPATE YOURSELVES FROM MENTAL SLAVERY

En una escena de “No es una película” (In film nist), el director Jafar Panahi habla frustrado sobre como es imposible contar una película con palabras, pues para contarla bien hay que filmarla. Nos explica que hay una poderosa razón por la cual las cintas cobran vida durante la filmación: existen sutiles elementos que uno no puede controlar.
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Esta filosofía es la que dicta su más reciente documental, aunque en cierta forma,  es lo que dicta todo documental. La cámara tiene que estar encendida para capturar lo que sucede en el momento preciso, si no estos momentos se evaporan en el desierto fílmico y quizás haya que hacer trampa para recrearlos o buscarlos en archivos fílmicos.
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Pero incluso si hubiera que recrearlos como ficción, algunas veces la cámara filmará a algún animal que se cruce inesperadamente en la toma, el gesto de genuina sorpresa de algún actor o el berrinche de aquel otro. Mientras la cámara este encendida el cine puede crear magia, sin truco o con truco, pero magia al fin.
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En ese proceso de filmar es donde se encuentra la película que no se planeo, porque es imposible planear la espontaneidad, la cual es parte de toda película. Panahi sabe esto pero el gobierno iraní le ha prohibido jugar a hacer cine, entonces: ¿cómo filmar una película que no sea una película?.
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La respuesta la encuentra en un ocioso día de arresto domiciliario cuando está buscando apelar la sentencia impuesta por haber intentado crear una película que no le gustaba al gobierno. Hablando con su abogada se entera de que hay muchas posibilidades de que se quede en prisión por lo menos 6 años y que se le prohiba filmar otros 20.
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Asi que decide llamar a su amigo, el documentalista Mojtaba Mirtahmasb y en vez de filmar una película: platicarla a través de su guión. Pero al igual que la niña de una de sus películas, llegado el momento, Panahi exclamará molesto que ya no quiere jugar porque ante estas condiciones no se puede. Es entonces cuando Panahi comienza a lucir inspirado y entiende hacia donde dirigir el documental: hacia si mismo.
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La frontera entre la ficción y la realidad, la crítica hacia el regimen, la mirada fascinada hacia los comunes habitantes de Irán. Si, todos los convencionalismos del cine iraní están ahí, pero eso no quiere decir que uno esté cansado de ellos, sino baste para resaltar que todo buen cine inevitablemente es reflejo de la cultura de la que surge.
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Panahi va dirigiendo su historia entendiendo a la perfección hacia donde debe hacerlo. Ante estas condiciones hay que improvisar, hay que seguir jugando a hacer cine, aunque haya que comenzar a hacerlo jugando a no hacerlo. Al convertirse en el protagoniosta de esta historia, es cuando comienza a entender que aunque esto no sea una película con todas las de la ley, eso no impide que haya magia.
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La vocación de Panahi es tan grande que puede hacer cine en su cabeza, en prisión, con una iguana, con una llamada telefónica con un teléfono celular o hasta con el perro de una molesta vecina. La escena final demuestra esto con una maestría sin igual, al final a Panahi alguien le pide que se esconda, no lo vayan a ver. Pero es un reclamo tardío, Panahi quiere que lo veamos, pues podrán quitarle la libertad, pero jamás la vocación de hacer cine.

This movie works.

miércoles, 16 de enero de 2013

El cine del fin del mundo > Pequeñas Voces

DEPRISA DEPRISA RUMBO PERDIDO

Si juzgáramos a un documental simplemente por lo valioso de sus testimonios, “Pequeñas Voces” sería un gran trabajo gracias a sus pequeños protagonistas quienes nos relatan la manera en que perciben el clima de violencia en el que viven. Por desgracia el  juicio no puede ser tan simple y pese a sus buenas intenciones las cosas fallan notablemente.
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Crear un documental completamente animado no es cosa sencilla, pero puede tener resultados asombrosos y arriegadamente innovadores como sucedía con “Vals con Bashir” (Vals Im Bashir).  Del otro lado del espectro llega “Pequeñas Voces” cuyo mérito, repito, es el valioso y valiente testimonio de varios niños que relatan desde su perspectiva las experiencias que han vivido en una Colombia donde nadie está seguro ante ejército y guerrilleros.
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Al estar contada desde la mirada de los niños, el trabajo del director debiera estar enfocado en aterrizar los testimonios y darles un sentido dramático adecuado de forma que aunque no entendamos de forma amplia lo que sucede, sepamos que lo que sucede no es bueno. Para mala fortuna la decisión de Jairo Carrillo y Óscar Andrade es dejar que la película camine sin dirección alguna, pensando que lo más honesto será dejar que los niños hablen por si mismos.
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Es una decisión entendible si uno toma en cuenta que el documental luce ese sentimiento de no manipular lo que se nos está contando para  que sea precisamente la perspectiva de los niños la que dicte el relato. Sin embargo el efecto resulta contraproducente, pues la responsabilidad de dirigir la película  recae en quien no debe.
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Así como un niño no tendría porque estar viviendo en condiciones de guerrilla donde lo mismo pueden encontrar a otros niños asesinados, a guerrilleros y grupos paramilitares tratando de enlistarlos a su causa o vivir en una zona de conflicto donde pueda haber alguna mina o alguna granada que explote sin previo aviso, tampoco tendría porque caer en ellos la responsabilidad de dirigir el relato.
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Ante esta decisión, todo termina luciendo más como un balbuceo bien intencionado al cual es imposible odiar por completo, pero en el cual uno termina molesto por no poder involucrarse en el drama, pues los defectos terminan resultando distractores que no lo dejan adentrarse a uno en lo que se cuenta.
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El artesanal trabajo de animación es por igual bastante disparejo. Basado en los dibujos (algunos de los cuales vemos durante los créditos finales) de los propios niños,  la animación toma ese estilo visual y es usado para contar las historias de los cuatro protagonistas. Justamente como no hay dirección estas historias se sienten como viñetas dispersas y aunque en principio la rústica animación luce bien cuidada y con efectos 3D bastante llamativos, conforme avanza la historia ya no hay tanto cuidado en el estilo. Limitaciones del presupuesto quiero pensar, pero es una de las cosas que terminan diluyendo lo que sucede.
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Lo mismo pasa con la musicalización que luce un sumamente agradable estilo que sabe a vallenato  como buen complemento ante la inocencia con lo que se cuenta todo, pero que termina resaltando de forma torpe los momentos climáticos debido a que el estilo de la música cambia como para reforzar el drama y es este cambio lo que termina distrayendo aún más notablemente estos momentos que son realmente duros.
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Por instantes este balbuceo es completamente literal y los personajes dicen cosas ininteligibles cual minions de “Mi villano favorito” (Despicable Me) lo cual también resulta un distractor, sobre todo cuando estos balbuceos suceden en momentos realmente crueles pues resulta una mezcla de elementos incompatibles: cómico balbuceo frente a un crudo momento dramático.
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La cinta palidece cuando se enfrenta a cintas que hablan sobre los mismos temas, desde “Voces Inocentes”, pasando por “Las tortugas también vuelan”  (Lakposhtha hâm parvaz mikonand), hasta llegar a “Buda Explotó de vergüenza” (Buda as sharm foru rikht). Incluso ante una cinta muy fallida de temática similar  como “Los colores de la montaña” hay poca competencia, pues aunque ambas estén contadas desde la perspectiva de los niños, una al menos tiene un arco dramático más consistente.
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Desde luego que esto no es culpa de los niños, sino de los directores. “Pequeñas Voces” podría funcionar si usted no conoce muchas cintas sobre el tema, después de todo la fuerza de los testimonios es lo que termina impulsando todo: esa inocencia de la niña que puede reír recordando a su padre, ese dejo de esperanza del niño que tuvo que pelear una guerra que no entiende, el amor de aquel otro niño por sus mascotas y la fuerza de voluntad del que ha sufrido un accidente. No debiera ser así, pero que quiere, asi son las cosas.
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En cierto modo representa lo que no me gusta del Foro de la Cineteca: una cinta que sin duda intenta aportar en la forma en que se cuenta todo, pero que termina siendo más el esbozo de lo que podría haber sido un buen documental si hubiera un mejor dominio del lenguaje cinematográfico, o al menos una pizca de dirección.

This movie is a miss.

martes, 15 de enero de 2013

El cine del fin del mundo > “Play. Juegos de hoy” (Play)

ASALTO CHIDO

Si una cosa he de admirarle a un director de cine es cuando éste logra con una simple secuencia que sepamos quien es el que está filmando la película. Con todo el estilo que caracterizaba a  la extraordinaria “Involuntario” (De ofrivilliga), el sueco Ruben Östlund continua empleando el sello de la casa y cuenta su historia en su mayor parte a través de planos fijos que dotan al relato de un peculiar ritmo y un realismo que se consigue también gracias a la gran dirección de actores.
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Un quinteto de chicos  negros se reune en el centro comercial buscando víctimas a quienes asaltar, o como dirían en mi barrio, a quienes basculear. Los chicos no pasan de los 15 años y usan el método que emplearía cualquier chico abusivo, intimidar a sus víctimas en lo que es para ellos un simple juego de poder.
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“Play. Juegos de hoy” (Play) es un gran ensayo sobre los chicos abusivos que nunca teme jugar con los estereotipos raciales. Ahí están los dos chicos blancos a quienes los negros intimidan con una saña que es para ellos un simplemente divertimento. Ahí está el amigo chino al que los dos chicos blancos intentan mandar sin éxito, nada más por ser el de los ojos rasgados. El chico con rastas del autobús al cual le pregunta el negro que si es de Jamaica y que le cante un reggae.
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Los mismos chicos negros conocen a la perfección como manejar dichos estereotipos en su favor: cuando les conviene ser los negros peligrosos usan esa imagen y cuando les conviene usar la carta de víctimas tampoco temen usarla, todo sea por la basculeada. Incluso están conscientes de que su juego sería lo que un policía haría con la rutina de policía bueno/policía malo a la cual rebautizan como la rutina del hermano menor y el hermano mayor para engatusar incautos.
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El hecho de estar observando una película de bullying contada con tal detalle provoca lo mismo frustración que identificación. Si uno se lo toma en serio es natural sentir impotencia ante la situación, pues los niños que resultan ser las víctimas nunca toman las mejores decisiones cuando pueden huir del problema. Al mismo tiempo uno observa a los adultos actuar de forma indiferente minimizando el problema o actuar de una forma activa pero sin conocer a detalle lo que en verdad está ocurriendo.
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Este tipo de detalles son los que logran hacer pensar al espectador como reaccionaría ante esta situación, pero también resulta fácil identificarse porque en algún momento uno ha vivido este tipo de abuso.  Östlund toma siempre la ruta complicada pues si uno no se lo toma en serio, el cinismo de los muchachos de color resulta francamente hilarante, asi que uno también siente cierta malsana simpatía por los victimarios.
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En uno de los puntos más logrados de la cinta, por ejemplo, vemos un eco de honesta camaradería entre víctimas y victimarios. Uno de los chicos negros le dice a uno de los blancos que se pueden ir a su casa si éste logra hacer 100 lagartijas. Nosotros como espectadores estamos concientes de que simplemente se están burlando, pero cuando el chico acepta el reto provoca una inesperada reacción donde vemos que todos desean que el chico lo logre, nosotros incluidos. Es una escena llena de euforia que remite a la niñez, demostrando la complejidad de los personajes quienes aún poseen esa capacidad natural de asombro a pesar de sus abusos. Es también un momento de verdadero genio cinematográfico.
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Los victimarios también se convierten en víctimas en al menos un par de ocasiones. Y con todo esto, a Östlund no se le olvida que el título de su película es justamente un juego y no se olvida de jugar, insertando de manera intermitente la misteriosa historia de una cuna que estorba a la mitad de un tren, ante la cual observamos como de manera desesperada anuncian en el altavoz del tren que por favor muevan esa cuna porque estorba el paso, pero al igual que sucede con los niños abusivos: nadie hace nada.
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Tan es así que al final los regañados serán los mismos abusados, ellos tienen la culpa por ser tan mensos. Con una crítica asi de ácida no queda mas que reír y ponerse de pie. El verdadero abuso resulta ser un innecesario epílogo que extiende el relato cuando ya todo el conflicto ha concluído. Innecesario porque resulta redundante contar más cuando ya todo está dicho, aunque uno entiende el capricho de Östlund por cubrir todas las aristas del relato.
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“Play. Juegos de hoy” además de ser una de las cintas más notables sobre el bullying nunca teme ser poco convencional. Es sin duda una cinta extraña, la cámara está inmóvil, sin emitir juicios. Y al mismo tiempo, el dinamismo de cada escena resulta brutalmente espectacular.  Nos sumerjimos en la pícara sonrisa del pequeño negro abusivo y en la angustiada mirada del blanco desesperado quien sabe que está entrando en una trampa sin salida a la cual no puede evitar.
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En manos de un cineasta talentoso como Östlund, el abuso está para entretener al espectador, al mismo tiempo que provoca interesantes reflexiones sobre el mismo. Todo esto sin pretender ser una moraleja, pues ésta nos es negada hacia el final. El blanco le toca al negro “The Entertainer”, pues esta ahí para divertir al negro.
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Es también gran parte de lo que caracteriza al Foro Internacional de la Cineteca, un cine poco convencional que atrapa al espectador.

This movie is a gem.

lunes, 14 de enero de 2013

El cine del fin del mundo > Des-autorizados

PERSONAJES QUE TOMAN CONCIENCIA
 

Si uno observa el avance de “Des-autorizados” se dará una buena idea de que lo que verá será un revulsivo ejercicio de personajes que toman conciencia de si mismos demasiado hiperactivo para su propio beneficio. Desde sobreexplicaciones sobre lo que está sucediendo, ridículos golpes en la onda de la serie televisiva de Batman e ingeniosísimos encuadres que resultan completamente huecos pero hipnóticos en su alto grado de dificultad.
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La directora está demasiado consciente de su juego, lo cual no ayuda en nada a la historia, pues esa autoconciencia es lo que hace que la película resulte aún más irritante de lo que debiera, asumiéndose como un juego de muñecas rusas donde la propia directora es un personaje que escribe una película sobre un escritor que a su vez escribe una obra de teatro sobre otros personajes, los cuales a su vez son interpretados por otros personajes dentro de la obra.
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Con este tipo de estructuras el juego tiene alto grado de dificultad, pues si no se toma nada en serio se corre el peligro de que los personajes literalmente se salgan de control y si  se toma demasiado en serio se corre el riesgo de parecer pretencioso. En parte “Des-autorizados” falla en ambas cosas,  pues aunque se supone que dentro de la misma historia los personajes se salen de control,  la autora está tan conciente de lo que está haciendo que todo se siente completamente forzado.
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Pareciera una cinta que pretende llegar sólo a los escritores como una serie de mal logradas bromas sobre el proceso de creación y sobre como los personajes,  llegado el momento,  se escriben solos pues han tomado vida propia.  Contradictoriamente justo por como la autora siempre está conciente del juego, los personajes realmente nunca toman forma propia, por más que dentro de la historia se salgan de control o sean concientes de si mismos siempre se sienten como títeres de una fuerza superior: la todopoderosa directora.
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Aunque también por más que uno quiera dejar de ver ante lo que resulta un continuo dolor de cabeza por lo revulsivo del relato, “Des-autorizados” logra mantener nuestra atención debido a su increíble e ingenioso despliegue visual que bien podría ser envidiado por el mismísimo Jean Piere Jeunet. La dirección de arte, también cortesía de la omnipresente directora Elia K. Schneider y Maitena de Elguezabal tiene muchas cosas en común con el famoso director de “Amelie”.
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Incluso en sus momentos más revolucionados hay una destreza visual que posee un encanto imposible de ignorar, como cuando suena la tradicional canción irlandesa “Irish Washerwoman” tocada al violín por un gángster y el protagonista es forzado a mecanografíar siguiendo el ritmo de las notas mientras que otro gángster observa. Al finalizar, el gángster lee el escrito y como para mostrar su desaprobación se come el papel, forzando al escritor a volver a comenzar.
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Este tipo de juegos visuales abundan durante toda la cinta, desde besos multiculturales en gradas deportivas, perfección estilistica en un kiosko donde se venden frutas donde los personajes se congelan mágicamente, cambios progresivos del blanco y negro al color que recuerdan a “Amor a colores” (Pleasantville), horrorosos números musicales kitch que lo mismo suenan como fresas con crema que a “Me vale” de Maná y hasta un basurero tomado como paraíso de playa donde los personajes se han dado cuenta que han entrado al mundo real, que no es sino el mundo de fantasía donde habita el ficticio escritor.
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Eso es lo que reconforta un poco y hace más tolerable el sobreesfuerzo por contar sin éxito una enredada historia que no tiene pies ni cabeza y que no llega a ser lo divertida que debiera pues injustamente a sus personajes nunca se les permite despegar. El desorbitado esfuerzo sería un producto lamentable sin ese ingenio visual. Mención especial a los actores quienes toman lo màs en serio posible su papel, quienes también son usados como mera coreografía visual la mayor parte del tiempo.
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De cualquier forma, la cinta palidece incluso ante esfuerzos similares recientes como “Esta no es una película” (This is not a movie) u “Ocean Blues” que han resultado duramente criticados por muchas de las mismas razones:  ser demasiado autoconcientes de su juego. En mi opinión aquellas dos funcionan porque no se toman demasiado en serio y tienen personajes bien aterrizados, mientras “Des-autorizados” no lo hace porque se toma demasiado en serio y sus personajes nunca pueden despegar.
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Y si hablamos de personajes que toman conciencia propia o que son manipulados por una fuerza omnipresente siempre habrá otros esfuerzos más memorables: “Más extraño que la ficción” (Stranger than fiction) o “Nueva York En Escena” (Synecdoche, New York) son buenos ejemplos recientes. Pero supongo que la metaficción podrá resultar interesante por si misma para aquellos que sólo busquen un tibio ejercicio con extraordinarios juegos visuales.
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Después de todo “Des-autorizados” a nivel visual es una de las cintas más interesantes de este año.

This movie is a mess.